LA
PROTAGONISTA DEL GOLF: LA BOLA
De todo lo que se pueda
decir del golf, la verdadera protagonista es la bola. El significado que ella
juega en el contexto del juego puede ser encarado desde el punto de vista
antropológico, psicosocial y sociológico. Todas estas
disciplinas tienen que apoyar su estudio en un detenido análisis del vínculo
que se establece entre el sujeto-jugador y la bola. Esta última adquiere un
carácter fascinante ligado a la perfección de su recorrido y a la incertidumbre
que nos depara en su caída, en contraste con la euforia producida durante su
ascenso. Ante el impacto de la misma se produce un recorrido interno que va
desde el estado de placer extremo que se experimenta ante el ascenso, pasando
por la belleza que tiene su recorrido elíptico de la misma, a la duda e
inseguridad que nos depara el descenso.
El juego no es más que un
residuo de la existencia en otra época de una etapa no lúdica (es decir, no
juego) que se manifestó en una fase antigua de la humanidad. Cuando apareció el
juego existió la posibilidad de manifestar mediante el mismo viejas fantasías,
más o menos latentes. Por esta razón durante el juego se produce una descarga y
el golf permite el desarrollo y expresión de las mismas. El jugar es también un
rito que congrega a jugadores y espectadores en una ceremonia que tiene algo de
mágico y algo de catarsis.
Desde hace poco tiempo en
el golf trata de comprenderse no sólo en
su estructura interna sino también en su dimensión filosófica, antropológica y
psicológica. La investigación no sólo abarca al jugador y la técnica que debe
desarrollar, sino que también se tiene en cuenta al objeto que debe
cumplimentar el objetivo deseado: la bola. Es importante tener en cuenta la
fascinación que la bola ejerce sobre cualquier sujeto y a cualquier edad.
En el campo de juego la
bola es la que configura el espacio en el que se desarrolla la acción. Ella es
la que sitúa al jugador, y lo hace desplazarse; es el motivo de la estrategia
que tiene como objeto ubicarla en el hoyo. La bola se convierte en ese objeto
tan deseado y tan temido, cuyo control es un privilegio y su pérdida un
imperdonable fracaso. Si el golf es una forma de comunicación mediante la cual
tratamos de llegar a un objetivo, la bola es la idea central que ilumina el pensamiento.
La forma esférica de la
bola se vincula con uno de los más antiguos símbolos que maneja la humanidad a
través de los filósofos presocráticos como Parménides
o poetas como Rilke. La esfera es la forma más
perfecta del universo, la conciencia del ser y del todo, es la imagen del
infinito. Cada vez que se desea dar la imagen de plenitud se recurre a la
metáfora de la esfera, del círculo o de la circunferencia.
Desde los tiempos más
remotos, los hombres juegan con formas esféricas juegos brutales y primitivos,
como si quisieran familiarizarse con ese objeto casi sagrado en esa misteriosa
síntesis entre la guerra y la fiesta. El
control de la bola y de su recorrido hace, por un instante, sentirse al hombre
como más cerca de Dios.